jueves 11 de septiembre de 2008

Erosión

24 horas por día, 365,25 días por año. En un ejercicio de extrapolación, nuestra experiencia vital se convertiría en una ciudad de tamaño medio cuyos habitantes serían las horas vividas. Pensando en intensidad de minutos nos encontraríamos con todo un país, y aquellos con pasión y energía suficiente para vivir cada segundo tendrían medalla en el podio de los continentes más poblados.

Esta imagen se me viene a la mente mientras descubro uno de mis nuevos caminos, sendas lo suficientemente nuevas como para que mi mirada todavía indague en los detalles más pequeños que la habitan, antes de que se desdibujen y desaparezcan ante el empeño de los días por degradarlos a habituales. Miro unas escaleras metálicas de la estación de Atocha, desgastadas por pasos de anteriores caminantes (y ahora los míos), que han acumulado sus pisadas encima de las que dejaron los que pasaron, tantas veces quizás, puede que incluso de las suyas propias, siguiendo caminos ya trillados.

Miro, y mi cabeza extrapola de nuevo, y esta vez son los pasos que se han caminado sobre mi, propios y extraños, ajenos o amigos, casuales, perdidos, insistentes. Intento ver como serán las huellas que me habrán dejado.


Vuelvo a imaginar a estas mismas escaleras metálicas, inertes y sin más vida quizá que la pintura que las viste, conscientes de las cicatrices amontonadas que hoy las han convertido en blanco de mis miradas. Puede que frías e impasibles esperen una nueva capa de pintura, quizá ilusionadas con otro color, que las renueve para seguir afrontando de nuevo su destino.


Cuanto más vivos, más dolorosamente visibles son las señales de ese transitar en que consiste la vida, y más difícil es recuperarse de las mismas



Pienso en mi pequeña todavía ciudad de horas, que caminan por mi espíritu, en atropellados grupos ausentes de mirada perdida, en carreras apresuradas de las que llegan tarde o ya no llegan, en perdidas caminantes que como yo todavía miran cada detalle. Pienso en horas que van de la mano, en aquellas que deciden tumbarse un ratito al sol y me hacen cosquillas, en las que ríen y me contagian, y en las que se emocionan, con emociones multisabores que son mías.

Veo esas horas que van cuidando el camino pisado, barriendo, limpiando, plantando césped y flores, hablándome con caricias. A esas horas invito a formar parte de mi urbe, a esas llamo, a esas ofrezco mi vida.